Archivos para Junio 2008

El rector adhiere a la postulación de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo al Premio Nobel de la Paz 2008

El rector invita a toda la comunidad universitaria a adherirse a la campaña de firmas para avalar la candidatura de las Abuelas, enviando un correo a nobelparaabuelas@rec.uba.ar         

La Asociación de Abuelas de Plaza de Mayo fue propuesta oficialmente para ser candidata al Premio Nobel de la Paz 2008, por su labor para localizar y restituir la identidad de centenares de hijos de desaparecidos nacidos en cautiverio y que fueron privados de su identidad durante la última dictadura militar (1976-1983).

Las adhesiones resultan de suma importancia para que se reconozca la incansable labor de las Abuelas en pos de la recuperación y vigencia del derecho a la identidad en el plano nacional e internacional.

PARA ADHERIRSE ENVIAR MAIL CON NOMBRE Y APELLIDO,  DNI , CIUDAD Y PAÍS DE RESIDENCIA:

nobelparaabuelas@rec.uba.ar

 

¿Daños colaterales?

Los autores de este artículo son miembros del Grupo Universitario de Devoto

“Hace 22 años que la UBA lanzó su Programa UBA XXII, más conocido como ‘UBA en las Cárceles’, que ha producido, produce y –esperamos– seguirá produciendo no solamente la difusión de conocimientos y posibilidad del acceso a carreras de grado a personas privadas de la libertad ambulatoria –eufemismo que suele mencionarse para no utilizar la más desvalorizada expresión ‘presos’, aunque, en realidad, no ‘somos’ presos sino que ‘estamos’ presos, diferencia no menor, por lo menos, en lo cualitativo–.”

Los medios masivos de difusión han popularizado algunas de las poco afortunadas frases que, lamentablemente, suelen emitirse como declaraciones oficiales gubernamentales. Aun referentes políticos de primer nivel han asombrado al mundo occidental –con demasiada frecuencia– con desaciertos verbales que han llevado a que se lleguen a crear sites en la web donde se coleccionan algunas de esas joyas lingüísticas, con la crueldad inherente al mundillo político.

Sin embargo, la construcción “daños colaterales” viene siendo utilizada como frase justificadora de estropicios inexplicables, incluidas muertes de inocentes en operaciones militares o paramilitares desde hace ya unos cuantos años.

El incompleto y minúsculo diccionario del que podemos disponer define:

Daño: Detrimento, menoscabo, dolor, molestia, las-timadura.

Colateral: Dícese de las cosas que están a uno y otro lado de la principal.

Haciendo una vieja y remanida suma algebraica podríamos interpretar que, en buen criollo básico, un daño colateral sería un detrimento (menoscabo, dolor, molestia o lastimadura) que sufren las cosas que están a uno y otro lado de la principal. Lo que no estaría demasiado alejado del sentido real o figurado en el que se utiliza la frasecita famosa en la prensa mundial. Es decir, que se trata de una forma de efecto o resultado impensado –o por lo menos, inesperado– de una cierta y determinada acción.

Y precisamente a eso es a lo que nos queremos referir, por ello hemos acudido al cliché utilizado como título, si bien en este caso el efecto no sólo no es dañino sino todo lo contrario.

Hace 22 años que la UBA lanzó su Programa UBA XXII, más conocido como “UBA en las Cárceles”, que ha producido, produce y –esperamos– seguirá produciendo la difusión de conocimientos y posibilidad del acceso a carreras de grado a personas privadas de la libertad ambulatoria –eufemismo que suele mencionarse para no utilizar la más desvalorizada expresión “presos”, aunque, en realidad, no “somos” presos sino que “estamos” presos, diferencia no menor, por lo menos, en lo cualitativo–.

Tal como hemos leído hasta la saturación en la literatura sociológica más actual, en autores como Erving Goffman, Michel Foucault, Pierre Bourdieu y últimamente en Loïc Wacquant –cuya visita tuviéramos el honor de recibir el 5 de octubre pasado–, el sistema de encarcelamiento no solamente no es útil para recomponer la persona de quien ha resultado su víctima, sino que –en lugar de producirse una acción disuasiva– tiende a perpetuar las condiciones originales que condujeron al sujeto a su condición de preso.

Loïc Wacquant, en “Las Cárceles de la Miseria”, página 144, Editorial Manantial, Buenos Aires, 2000) dice textualmente:

“(…)

La cárcel como fábrica de miseria

Una investigación en profundidad realizada en siete ámbitos penitenciarios de Francia muestra hasta qué punto la trayectoria carcelaria del recluso puede describirse como una sucesión de choques y rupturas gobernadas, por un lado, por el imperativo de seguridad interna del establecimiento y, por el otro, por las exigencias y los edictos del aparato judicial, que esconden un descenso programado en la escala de la indigencia – descenso tanto más abrupto cuanto más desprovisto está el detenido en el inicio. Típicamente, el ingreso en la condición de detenido está acompañado por la pérdida del trabajo y la vivienda, pero también la supresión parcial o total de las ayudas y prestaciones sociales.” (y cita a Anne-Marie Marchetti, “Pauvreté et trajectoire carcérale” y “Pauvreté en prison”, Ramonville Saint-Ange, Cérès, 1997)

De más está decir que el discurso oficial dirigido al REcluso y transmitido a la sociedad por los REclusores, está plagado de palabras rimbombantes, como REsocialización, REhabilitación, REinserción, REcuperación y demás ditirambos que hemos dado en llamar “Sinfonía en RE“ –no sin amarga ironía– y sobre el que hemos enviado trabajos a Jornadas, Simposios, Congresos y Concursos en los que se traten temas inherentes a la Sociología. Nos parece que no obedecen a una visión REalista, porque el REo, aunque segregado, en ningún momento ha dejado de pertenecer a la sociedad civil –pues ella es la que habita afuera o circula dentro de la cárcel–, en el colectivo formado por internos, guardias, profesionales del Servicio Penitenciario Federal, familiares, amigos, abogados, jueces, secretarios, fiscales y demás deudos. Todos y cada uno, parte de la misma sociedad.

El alto nivel de reincidencia entre los liberados de establecimientos carcelarios nos hace pensar en una posibilidad muy alta de que el sistema actual no sirva o que no resulte ni eficaz ni eficiente a pesar de la inversión cuantiosa que se realiza en la prisionización.

El delito no constituye una enfermedad per se, por lo que no hay algo a lo que se pueda llamar tratamiento. Sin embargo, se habla de un tratamiento del detenido. La falta de medidas de ayuda real a quien delinque y su reemplazo por el simple encarcelamiento hace que numerosos internos queden cautivos del círculo delito-cárcel-delito-cárcel. Tal como está planteado en este momento, el sistema tampoco ofrece ayuda concreta alguna al liberado. Su esperanza de lograr incorporarse a la sociedad es mínima y dependerá, de manera fundamental, de su capacidad de haber generado la suficiente REsiliencia o REsistencia interna, que le permita REcuperarse, REvalorizar su persona y mantenerse en equilibrio frente a un entorno externo, por lo menos agresivo, sino directamente hostil.

El fuerte impacto de ser encarcelado, semejante a sentirse solo en un agujero, siembra la duda sobre uno mismo. Una vez de pasar por el banquillo de los acusados, el condenado será el ejemplo a no seguir. Inevitablemente se produce –en mayor o menor medida– una vergüenza que va unida a la necesidad de eliminar algo de uno mismo; una autodiscriminación que mina el sentimiento del yo.

La adaptación a la nueva situación extrema se produce mediante una rutina acentuada que se mantiene próxima a los requisitos para la supervivencia y que lleva consigo un camino de desviación a través de la regresión.

Una bandera de esperanza
Es en el centro de este sistema degradante donde la UBA plantó una bandera de esperanza. Ser reconocidos por la Universidad, sentir que esta institución nos recibe en una realidad práctica de necesidades recíprocas entre estudiantes y profesores es para la persona detenida cambiar concretamente su realidad y permitirle una sensación tanto de pertenencia al mundo académico como de distinción personal. El Grupo Universitario Devoto se construye como un sustituto del cuerpo sometido al encarcelamiento, la división y la muerte.

Así hemos asistido al despertar de nuevas motivaciones que en muchos casos los individuos jamás han experimentado en su mundo de extramuros y pueden provocar cambios estremecedores. Aunque resulta imposible pensar en generar programas de estudios universitarios urbi et orbi, podemos dar fe de que hemos visto transformaciones de vida. Compañeros nuestros de orígenes muy humildes, residentes habituales de las peores villas del gran conglomerado de Buenos Aires, que incitados, estimulados, apoyados por ese colectivo de estudiantes, se han encontrado de forma súbita e inesperada con la sorpresa de haber aprobado materias de una carrera de grado.

Esforzándose, desde luego. Estudiando mucho y haciendo de tripas corazón para enfrentar un mundo nuevo, desconocido, viéndose obligados a vencer su propia inseguridad y miedo al fracaso. Estar con ellos a la salida de la mesa de examen y poder darles un abrazo emocionado cuando salen pálidos y tartamudeando diciendo –y diciéndose– “¡Muchachos, pude! ¡Pude y aprobé!”.

Esto no es un libreto para una tira de la TV a la tarde, sino cosas que suceden, las hemos visto y vivido. Y aunque sean observaciones poco científicas, merecen que se deje testimonio.

Esos son los “daños colaterales” a los que quisimos hacer mención en un principio, los efectos quizá no buscados, pero que igualmente pasan, son y tienen existencia real.

Que en lugar de sucedernos cosas, seamos nosotros los que podamos hacer que las cosas nos sucedan.

Que en un mundo con escasas opciones y magras posibilidades de elegir, podamos elegir, podamos hacer y tengamos nosotros la opción, en lugar de ocupar el rol pasivo habitual de que otros opten y elijan en nuestro lugar. Porque habremos conseguido que el cambio se produzca dentro de nosotros y no en el exterior.

Atravesando los muros

TESTIMONIO DE UNA DOCENTE

Estela Cammarota Ingeniera industrial. Consultora organizacional. 

“Pocas preguntas he respondido tantas veces como la de por qué enseño en la cárcel. Me parece tan obvia la respuesta que generalmente la contesto con otra pregunta: “¿Dónde, si no?”. Es como observar a un médico en medio del campo de batalla e interrogarlo acerca de su vocación. O a un misionero en un contexto de violencia y hambre, y preguntarle qué hace allí…”

Estela Cammarota Ingeniera industrial. Consultora organizacional.
Integrante del Equipo de Coordinación desde el año ´93 y Coordinadora Gral. de las Actividades de la Facultad de Ciencias Económicas (UBA) en los Centros Universitarios de las Cárceles desde el año ‘96. 

La cárcel es el lugar exacto para darle sentido a la acción de educar. He aquí mi testimonio, que siempre, siempre relato con lágrimas.
Cárcel cotidiana
En alguna ocasión en que el tiempo me apremia, tomo un taxi para trasladarme desde mi casa a la cárcel para cumplir con mis tareas docentes y de Coordinación Universitaria. Cuando subo y doy las coordenadas, numerosas veces escucho la típica pregunta: “¿Del lado de adentro o del lado de afuera?”, seguida luego de un interrogatorio que se despliega por caminos conocidos, llegando hasta el dato de mi misión docente entre rejas, no como ocupación central de mi vida pero sí como una de las más amadas. Por el espejo retrovisor veo la cara de horror, a la vez que escucho el infaltable comentario: “¿Por qué pierde el tiempo de esa manera?”… A esta altura, ya en medio de una conversación no elegida, junto lo que queda de mi buena voluntad y con no poca ironía, suavemente, lo invito a imaginarse a sí mismo atropellando accidentalmente a una persona y pagando con unos cuantos años lo que quién sabe fue la imprudencia del otro, o visitando a un hijo en prisión, como consecuencia de malas compañías o de errores circunstanciales, a pesar de sus indudables buenos esfuerzos por asegurarle un futuro sin problemas. “Nadie está exento”, le digo. Y me acomodo en el asiento, dispuesta a disfrutar de un sereno y silencioso viaje hasta mi destino.

Siempre me impresiona esta difundida creencia de la cárcel como fuera de nuestras cotidianidades, como algo ajeno, que les pasa solamente a los extraños.

De tanto entrar y salir, he aprendido a verla como una lamentable pero verídica realidad que desborda los muros que la contienen. Veo la réplica de sus métodos en los ámbitos de trabajo, con horarios ajustados, uniformes, espacios pequeños sin ventanas, conversaciones controladas, cámaras que vigilan en los cajeros, en los zaguanes, en los ascensores… Veo las rejas tremendas que defienden la privacidad y la propiedad, las paredes grises de piedra alrededor de los countries, las alarmas que obligan a salir corriendo en segundos luego de ser conectadas y a ejecutar otros mil pases antes de ingresar… Veo las agendas colmadas de compromisos, que nos aprisionan con obligaciones… Veo el miedo, la inseguridad, la desconfianza que nos atan en trampas de diferentes formatos, limitando nuestro vuelo… A nosotros… tan puros y tan libres…

Entro al Centro Universitario a dar mi clase. Paso la reja número nueve y respiro Libertad.


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