Los medios masivos de difusión han popularizado algunas de las poco afortunadas frases que, lamentablemente, suelen emitirse como declaraciones oficiales gubernamentales. Aun referentes políticos de primer nivel han asombrado al mundo occidental –con demasiada frecuencia– con desaciertos verbales que han llevado a que se lleguen a crear sites en la web donde se coleccionan algunas de esas joyas lingüísticas, con la crueldad inherente al mundillo político.
Sin embargo, la construcción “daños colaterales” viene siendo utilizada como frase justificadora de estropicios inexplicables, incluidas muertes de inocentes en operaciones militares o paramilitares desde hace ya unos cuantos años.
El incompleto y minúsculo diccionario del que podemos disponer define:
Daño: Detrimento, menoscabo, dolor, molestia, las-timadura.
Colateral: Dícese de las cosas que están a uno y otro lado de la principal.
Haciendo una vieja y remanida suma algebraica podríamos interpretar que, en buen criollo básico, un daño colateral sería un detrimento (menoscabo, dolor, molestia o lastimadura) que sufren las cosas que están a uno y otro lado de la principal. Lo que no estaría demasiado alejado del sentido real o figurado en el que se utiliza la frasecita famosa en la prensa mundial. Es decir, que se trata de una forma de efecto o resultado impensado –o por lo menos, inesperado– de una cierta y determinada acción.
Y precisamente a eso es a lo que nos queremos referir, por ello hemos acudido al cliché utilizado como título, si bien en este caso el efecto no sólo no es dañino sino todo lo contrario.
Hace 22 años que la UBA lanzó su Programa UBA XXII, más conocido como “UBA en las Cárceles”, que ha producido, produce y –esperamos– seguirá produciendo la difusión de conocimientos y posibilidad del acceso a carreras de grado a personas privadas de la libertad ambulatoria –eufemismo que suele mencionarse para no utilizar la más desvalorizada expresión “presos”, aunque, en realidad, no “somos” presos sino que “estamos” presos, diferencia no menor, por lo menos, en lo cualitativo–.
Tal como hemos leído hasta la saturación en la literatura sociológica más actual, en autores como Erving Goffman, Michel Foucault, Pierre Bourdieu y últimamente en Loïc Wacquant –cuya visita tuviéramos el honor de recibir el 5 de octubre pasado–, el sistema de encarcelamiento no solamente no es útil para recomponer la persona de quien ha resultado su víctima, sino que –en lugar de producirse una acción disuasiva– tiende a perpetuar las condiciones originales que condujeron al sujeto a su condición de preso.
Loïc Wacquant, en “Las Cárceles de la Miseria”, página 144, Editorial Manantial, Buenos Aires, 2000) dice textualmente:
“(…)
La cárcel como fábrica de miseria
Una investigación en profundidad realizada en siete ámbitos penitenciarios de Francia muestra hasta qué punto la trayectoria carcelaria del recluso puede describirse como una sucesión de choques y rupturas gobernadas, por un lado, por el imperativo de seguridad interna del establecimiento y, por el otro, por las exigencias y los edictos del aparato judicial, que esconden un descenso programado en la escala de la indigencia – descenso tanto más abrupto cuanto más desprovisto está el detenido en el inicio. Típicamente, el ingreso en la condición de detenido está acompañado por la pérdida del trabajo y la vivienda, pero también la supresión parcial o total de las ayudas y prestaciones sociales.” (y cita a Anne-Marie Marchetti, “Pauvreté et trajectoire carcérale” y “Pauvreté en prison”, Ramonville Saint-Ange, Cérès, 1997)
De más está decir que el discurso oficial dirigido al REcluso y transmitido a la sociedad por los REclusores, está plagado de palabras rimbombantes, como REsocialización, REhabilitación, REinserción, REcuperación y demás ditirambos que hemos dado en llamar “Sinfonía en RE“ –no sin amarga ironía– y sobre el que hemos enviado trabajos a Jornadas, Simposios, Congresos y Concursos en los que se traten temas inherentes a la Sociología. Nos parece que no obedecen a una visión REalista, porque el REo, aunque segregado, en ningún momento ha dejado de pertenecer a la sociedad civil –pues ella es la que habita afuera o circula dentro de la cárcel–, en el colectivo formado por internos, guardias, profesionales del Servicio Penitenciario Federal, familiares, amigos, abogados, jueces, secretarios, fiscales y demás deudos. Todos y cada uno, parte de la misma sociedad.
El alto nivel de reincidencia entre los liberados de establecimientos carcelarios nos hace pensar en una posibilidad muy alta de que el sistema actual no sirva o que no resulte ni eficaz ni eficiente a pesar de la inversión cuantiosa que se realiza en la prisionización.
El delito no constituye una enfermedad per se, por lo que no hay algo a lo que se pueda llamar tratamiento. Sin embargo, se habla de un tratamiento del detenido. La falta de medidas de ayuda real a quien delinque y su reemplazo por el simple encarcelamiento hace que numerosos internos queden cautivos del círculo delito-cárcel-delito-cárcel. Tal como está planteado en este momento, el sistema tampoco ofrece ayuda concreta alguna al liberado. Su esperanza de lograr incorporarse a la sociedad es mínima y dependerá, de manera fundamental, de su capacidad de haber generado la suficiente REsiliencia o REsistencia interna, que le permita REcuperarse, REvalorizar su persona y mantenerse en equilibrio frente a un entorno externo, por lo menos agresivo, sino directamente hostil.
El fuerte impacto de ser encarcelado, semejante a sentirse solo en un agujero, siembra la duda sobre uno mismo. Una vez de pasar por el banquillo de los acusados, el condenado será el ejemplo a no seguir. Inevitablemente se produce –en mayor o menor medida– una vergüenza que va unida a la necesidad de eliminar algo de uno mismo; una autodiscriminación que mina el sentimiento del yo.
La adaptación a la nueva situación extrema se produce mediante una rutina acentuada que se mantiene próxima a los requisitos para la supervivencia y que lleva consigo un camino de desviación a través de la regresión.
Una bandera de esperanza
Es en el centro de este sistema degradante donde la UBA plantó una bandera de esperanza. Ser reconocidos por la Universidad, sentir que esta institución nos recibe en una realidad práctica de necesidades recíprocas entre estudiantes y profesores es para la persona detenida cambiar concretamente su realidad y permitirle una sensación tanto de pertenencia al mundo académico como de distinción personal. El Grupo Universitario Devoto se construye como un sustituto del cuerpo sometido al encarcelamiento, la división y la muerte.
Así hemos asistido al despertar de nuevas motivaciones que en muchos casos los individuos jamás han experimentado en su mundo de extramuros y pueden provocar cambios estremecedores. Aunque resulta imposible pensar en generar programas de estudios universitarios urbi et orbi, podemos dar fe de que hemos visto transformaciones de vida. Compañeros nuestros de orígenes muy humildes, residentes habituales de las peores villas del gran conglomerado de Buenos Aires, que incitados, estimulados, apoyados por ese colectivo de estudiantes, se han encontrado de forma súbita e inesperada con la sorpresa de haber aprobado materias de una carrera de grado.
Esforzándose, desde luego. Estudiando mucho y haciendo de tripas corazón para enfrentar un mundo nuevo, desconocido, viéndose obligados a vencer su propia inseguridad y miedo al fracaso. Estar con ellos a la salida de la mesa de examen y poder darles un abrazo emocionado cuando salen pálidos y tartamudeando diciendo –y diciéndose– “¡Muchachos, pude! ¡Pude y aprobé!”.
Esto no es un libreto para una tira de la TV a la tarde, sino cosas que suceden, las hemos visto y vivido. Y aunque sean observaciones poco científicas, merecen que se deje testimonio.
Esos son los “daños colaterales” a los que quisimos hacer mención en un principio, los efectos quizá no buscados, pero que igualmente pasan, son y tienen existencia real.
Que en lugar de sucedernos cosas, seamos nosotros los que podamos hacer que las cosas nos sucedan.
Que en un mundo con escasas opciones y magras posibilidades de elegir, podamos elegir, podamos hacer y tengamos nosotros la opción, en lugar de ocupar el rol pasivo habitual de que otros opten y elijan en nuestro lugar. Porque habremos conseguido que el cambio se produzca dentro de nosotros y no en el exterior.