Intesificación sostenible como respuesta al cambio climático: Necesidad de una estrategia que integre a las biotecnologías y herramientas acordes con la vulnerabilidad de los sistemas agrícolas y pecuarios

Básicamente hasta el presente en los grandes ecosistemas intervenidos de América Latina (pampa, chaco, patagonia, campos, cerrados, llanos, altiplano) el suministro de alimentos ha sido posible  gracias a la  ampliación de la superficie dedicada a la producción (crecimiento extensivo) por la cual  el sector silvoagropecuario y acuícola ha intentado satisfacer la demanda por alimentos bajo un continuo crecimiento poblacional. La intensificación de la producción por unidad de superficie no ha sido la constante ni el enfoque en los programas y políticas de desarrollo agrícola.

La continua expansión de la frontera agropecuaria ha conllevado a una presión significativa sobre los recursos naturales renovables, especialmente suelos y aguas, generando impactos negativos relevantes en su estado, y por ende en la capacidad de respuesta para sostener la producción futura de alimentos.

En el escenario actual de cambio climático cuyos impactos han sido estimados (Cuadro 1) recientemente  por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (1)  (2007a) se visualizan riesgos mayores sobre la seguridad alimentaria específicamente en las poblaciones rurales. Además, se afectarán las fuentes de energía disponibles, y las funciones ambientales de los ecosistemas de los territorios en desarrollo.

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Estas alteraciones (positivas o negativas) han determinado un escenario de mayor incertidumbre (riesgo) respecto a la sostenibilidad de la producción basada en los recursos naturales y el resguardo de la seguridad alimentaria, en función del surgimiento de condiciones de alteración de los agroecosistemas (2) (vulnerabilidad), así como por nuevas presiones debido a los requerimientos de intensificación productiva (amenaza) para sostener a una sociedad creciente en su demanda por alimentación y energía. Dado que la intensificación es un proceso que presenta limitaciones dadas por la tecnología, legislación y costumbres, para desarrollar una propuesta de “intensificación sostenible” se deben tener en cuenta diversos enfoques con una perspectiva integradora de los costos y beneficios que representa su incorporación, los derechos y deberes que se deben respetar y entregar, y las virtudes de las comunidades que podrán adoptarla (dimensión sociocultural).  En este sentido América Latina y el Caribe presenta una de la más diversa y compleja gama (Cuadro 2) de sistemas agropecuarios del mundo.

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La intensificación sostenible de la producción en agro sistemas intervenidos se la puede definir como un “conjunto de políticas, incentivos, tecnologías que permitan y/o promuevan el uso racional intensivo y sostenible de los recursos naturales y de la tecnología para asegurar la seguridad alimentaria local y nacional y el desarrollo económico en el marco de la conservación de los recursos naturales renovables”.

Se prevé que la intensificación sostenible de la producción puede ser una respuesta al cambio climático en algunos agroecosistemas intervenidos, si se acompaña de un conjunto de políticas, incentivos, y tecnologías que permitan y/o promuevan un uso racional intensivo y sostenible de los recursos naturales para asegurar alimentos a nivel local y nacional, en el marco de una producción económica y ambientalmente viable. Entre los 16 agroecosistemas indicados se puede visualizar que en  8 de ellos existen opciones válidas a traves de la estrategia de intensificación de la producción. Estos serían: i) con riego ; ii) basado en el uso de recursos forestales , iii) Intensivo mixto , iv) mixto cereales-ganadería (Campos) , v) templado húmedo mixto con bosque ; vi) mixto extensivo (Cerrados y Llanos); vii) templado mixto (Pampas); vii) seco mixto extensivo ( Chaco); y viii) sistemas acuícolas.

Un escenario de intensificación sostenible de la producción de esta magnitud podría ser una opción aplicable al 69% de la superficie productiva de la Región dónde habita el 50% de su población rural.

Considerando que un agroecosistema cumple una doble función: sostener el sistema productivo per-sé (función productiva), y brindar servicios ambientales al entorno (función ambiental), mediante sus características biofísicas y socioeconómicas, dentro de esta propuesta es central la pregunta: ¿cuáles son las tecnologías que permitirán dar sustento a la producción de alimentos, cuando se intensifica un sistema de producción sin disminuir la capacidad del territorio para conservar el suelo y mantener la diversidad biológica?

Esta estrategia reúne aquellas tecnologías o herramientas de intensificación acorde con la vulnerabilidad del propio agroecosistema, considerando características biofísicas y socioeconómicas sin poner en riesgo las funciones ambientales de la actual y futura intervención. En este contexto,  poder proponer la estrategia de intensificación sostenible acorde al riesgo ambiental de cada agroecosistema, significa contar con la determinación de categorías de riesgo, para las cuales se asociarán diversas herramientas o tecnologías existentes.

En primer lugar están las tecnologías que permitan un uso eficiente del agua y el suelo, sin afectar irreversiblemente sus características biofísicas, ya sea por su acción directa o indirecta a través de los residuos generados (líquidos, sólidos y gaseosos). Así, las tecnologías que promueven la eficiencia en el uso del agua a bajo costo de operación (bajo consumo de energía, variedades tolerantes a sequía), como aquellas que reemplazan al bromuro de metilo y permiten lograr sanidad del suelo sin eliminar gases a la atmósfera.

También se encuentran aquellas estrategias de producción que promueven un uso más eficiente de insumos (incluye al riego) a través de especies mejoradas que logran una mayor producción de materia seca por volumen de agua, o aquellas que logran una mayor respuesta a la aplicación de fertilizantes(N, P y K), o otras que se adaptan de mejor manera a condiciones edafoclimáticas extremas (periodos prolongados de inundación).

La intensificación sostenible de la producción requiere de contar a nivel del productor con tecnología apropiada y sistematizada para:

- manejar los sistemas productivos agrícolas, ganaderos y agroforestales a través de la incorporación de variedades resistentes a plagas y enfermedades, MIP, labranza mínima y agricultura de conservación, buenas prácticas agrícolas y ganaderas considerando la valoración económica, social y ambiental de las prácticas promovidas. 
- integrar tecnologías existentes tales como: aumento del rendimiento de los cultivos a través del  mejoramiento de la gestión, cultivos genéticamente modificados con liberación comercial regulada y apropiados a las condiciones de los pequeños y medianos productores, sistemas de recomendación de fertilizantes y agricultura de precisión.
- aumentar la productividad animal a través del mejoramiento nutricional de ganado, aditivos dietéticos e impulsores de crecimiento, aumento de fertilidad animal, fuentes de alimentación bioenergéticas, digestión anaerobia de lodos, sistemas de captura de CH4 y nuevas tecnologías para eliminar metano CH4, tales como aceites en ración alimenticia animal.
- considerar las experiencias relacionadas al desarrollo de mercados dónde se transan los servicios ambientales generados por un agroecosistema en particular. Lo anterior, poniendo especial énfasis en el tipo de servicio, los sistemas de valoración socioeconómica existentes, las metodologías para determinar la disposición a pagar, la legislación que sustenta los derechos sobre los servicios, y los mecanismos utilizados para activar y mantener dicho mercado.

Es importante considerar a priori la utilización de indicadores que permitan verificar los avances en la implementación de las estrategias sobre intensificación sostenible. Estos indicadores deben permitir medir la vulnerabilidad de cada agroecosistema, el riesgo ambiental, y los impactos obtenidos

(intensificación de la producción, ganadería ovina sostenible, desempeño económico, factibilidad de aumento de la tecnificación, fragilidad de laderas, entre otros).

La intensificación sostenible implica la creación y/o el fortalecimiento de instituciones o incentivos adecuados al sector privado y adquirir conocimientos básicos sobre tecnologías adaptativas tales como:

- Evaluar las posibles consecuencias económicas y formular planes de acción con varios frentes para informar al sector privado y promover la adaptación. Esto podría incluir el fomento de las prácticas agrícolas destinadas a producir cultivos resistentes a la variabilidad climática (por ejemplo, las resistentes a la sequía), el uso más eficiente de recursos hídricos o, en los casos más extremos, la reasignación de mano de obra y el capital agrícola a sectores más productivos con mayores ventajas comparativas.
- Promover que las señales emitidas por los precios incentivan la adaptación a estas tecnologías. Esto puede afectar la política fiscal, el marco normativo, los sistemas de seguros (por ejemplo, podría ser útil eliminar los sistemas de seguros que fomentan el desarrollo en regiones expuestas a inundaciones costeras), y el régimen de derechos de propiedad.
- Incentivar la investigación y el desarrollo para aprovechar o crear tecnologías en los sectores energético, hídrico, agrícola, forestal y ganadero. Los objetivos consistirían en crear nuevas variedades a traves de mejoramiento genetico asistido por biotecnologia de cultivos o razas animales que puedan adaptarse a los cambios probables en la intensidad y frecuencia de las precipitaciones, economizar recursos hídricos y combustibles fósiles, controlar la infestación por plagas, y adaptarse a los efectos de un clima más cálido. Para alentar la investigación en estas áreas, podría ser necesario otorgar subvenciones a universidades e institutos de investigación u obtener financiamiento de la comunidad internacional.

Dado que la producción agropecuaria, forestal y acuícola de agrosistemas intervenidos en ALC  esta limitada por la adopción de biotecnología, legislación y costumbres, el desarrollar una propuesta de “intensificación sostenible” implica tener en cuenta los diversos enfoques con una perspectiva integradora de los costos y beneficios que representa su incorporación, los derechos y deberes que se deben respetar y entregar,  las virtudes de las comunidades que podrán adoptarla (dimensión sociocultural) y sin afectar la sostenibilidad de los ecosistemas y paisajes productivos, y a la vez garantizar la seguridad alimentaria y la calidad de vida de la población.

Referencias

(1) Documento “Cambio Climático 2007: Impacto, Adaptación y Vulnerabilidad” correspondiente al segundo volumen del Cuarto Informe de Evaluación del IPCC.

(2) Agroecosistemas  son aquellos ecosistemas intervenidos y no intervenidos cuyo uso sea para agricultura, ganadería bosques, y ambientes acuícolas terrestres.

Juan Izquierdo Fernández

Oficial Principal de Producción y Protección Vegetal,
Oficina Regional de la FAO para America Latina y el Caribe

El impacto de la agricultura en la salud humana

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Las facultades de Agronomía y de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires presentaron un valioso proyecto destinado a estudiar el empleo de agroquímicos y sus posibles efectos ambientales sobre la salud humana.

La iniciativa, que lleva como título “Impacto en el ambiente y en la salud de la población de los modelos productivos agropecuarios en la Argentina”, demandará el trabajo conjunto de un equipo de investigadores de la UBA, convocados por ambas facultades.

Lorenzo Basso, decano de la Facultad de Agronomía, explicó: “La finalidad de este programa es crear vínculos de cooperación para concretar acciones conjuntas que permitan identificar, ponderar, anticipar y mitigar impactos ambientales y sobre la salud de la población urbana y rural, por el desarrollo actual y futuro de los modelos productivos en las distintas regiones del país”.

En función de ello, se conformará una Unidad Eco-Epidemiológica para ser adoptada por el sector público, para la transferencia de herramientas de evaluación y mitigación de niveles de toxicidad por el impacto de los agroquímicos más empleados en la Argentina, como los herbicidas glifosato y atrazina.

Alberto Boveris, decano de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, señaló que las investigaciones pondrán una especial atención sobre zonas que poseen una larga historia agrícola, y que en los últimos años tuvieron un fuerte proceso de intensificación, como la localidad bonaerense de Pergamino. Para ello se contará con la colaboración de INTA Pergamino y el Hospital Zonal de Pergamino.

Durante la presentación del proyecto, se destacó la necesidad de establecer un mapa regional de contaminación, como uno de los objetivos específicos del programa de investigación, y de analizar las interacciones de dichos agroquímicos con las propiedades del suelo y otros aspectos para conocer el riesgo de contaminación en los agroecosistemas.

También se subrayó la importancia de mejorar la articulación de los organismos públicos con los productores agropecuarios, para enfrentar la vulnerabilidad y disminuir el riesgo.

Otro de los objetivos específicos del proyecto es actualizar o mejorar la legislación vigente referida al empleo de agroquímicos, de manera de optimizar su uso, evitando posibles efectos adversos debido a las malas prácticas de aplicación por falta de normas o controles.

Lino Barañao, ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, comprometió el apoyo del ministerio al proyecto, y destacó la interdisciplinariedad de las unidades académicas de la UBA y el rol social de la universidad, para la elaboración de un estudio serio.

Cápsula Modular Sustentable

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Un equipo de la Unidad de Arquitectura para Zonas Extremas ARQ-X de la Universidad santa María, diseñó, construyó y colaboró en terreno con el montaje final de una cápsula modular sustentable para el monitoreo de glaciares por parte de la Unidad de Glaciología y Nieves de la Dirección de Aguas del MOP.

Un proyecto licitado a través de Chilecompra que permitió al equipo liderado por el Ing. Pedro Serrano diseñar y construir pieza por pieza una unidad transportable, energéticamente sustentable, con sistemas innovadores para el manejo eficiente de agua y uso intensivo de la energía solar, tanto para la obtención de energía eléctrica como para el procesamiento de agua.

El proyecto corresponde a una estrategia territorial importante, que se asimila al tema de la sustentabilidad que debe tenerse en cuenta en instalaciones de este tipo, en lugares recónditos, intocados, donde las estrategias tradicionales de energía, sanitarios, basuras, e incluso el modo de asentar en el suelo debieran causar el menor impacto ambiental posible, Un asunto que está dentro de los desafíos del proyecto MECESUP USA 0604.

El equipo

El arquitecto Fernando Hammersley se encargó de la planimetría CAD de detalles y los sistemas productivos de partes y piezas, articulados como joint venture de diversos talleres externos e internos, entre estos el Laboratorio integrado del Departamento de Arquitectura UTFSM, que está compuesto por el Laboratorio Digital, el Laboratorio de Materiales y el de Bioclimática, el profesor arquitecto Alejandro Veliz desarrolló las modelaciones 3-D y los manuales de terreno, y la también arquitecto USM Jessica Fernandoy desarrolló la gestión administrativa. P. Serrano desarrolló la idea central y coordinó los procesos de proveedores, diseño e implementación.

Equipo UTFSM Fernando Hammersley, Leo Castillo, Pedro Serrano

Empresas colaboradoras: Astilleros Conavre de Concón, Solener, Aero domo y otros talleres locales.

La idea en el diseño fue lograr un sistema modular ensamblable que permitiese, con piezas fácilmente maniobrables, el transporte a largas distancias, el armado fácil con herramientas simples, y una concepción de ligereza que permitiese al habitáculo posarse en el terreno sin intervenirlo. El modelo tiene 6 patas extensibles con adaptadores al tipo de terreno (hielo, nieve, arena, tierra, roca). Usando una fuerte aislación térmica, ventilación natural regulada, energía solar para el manejo de agua y energía eléctrica fotovoltaica y un sanitario solar seco, los sistemas que se integran a la cápsula la hacen altamente sustentable en zonas remotas.

El equipamiento modular, en el caso de esta implementación, está diseñado para cobijar a 4 científicos que lleven adelante el monitoreo del glaciar. El modelo se instaló sobre material glaciar disgregado en la base del glaciar Jotabeche en la III a Región. Su estructura modular permite además trasladarlo a otro lugar, ya sea desarmado o completo, puede ser transportado por vía aérea o terrestre, pesa no más de 630 kg y está pensado para, en caso necesario, ser transportado por un helicóptero de alta sustentación.

Instalar el módulo glaciar a 4700 metros sobre el nivel del mar, fue una faena difícil y dura, la falta de aire, la puna, y los problemas asociados al frio el viento y la altura, hicieron que las faenas fueran más lentas que lo esperado. En esto fue fundamental contar con la colaboración de Minera Casales, quienes prestaron su apoyo en su campamento a 4000 de altura. El equipo de la expedición fue formado por Yerin Carvajal, Alejandra Aguilar, Luis Carrillo y José Bustos del MOP, más Fernando Hammersley, Leonardo Castillo y Pedro Serrano de la UTFSM.

Los glaciares

Según un reciente informe del Ministerio de Obras Públicas, el 92 por ciento de los glaciares de Chile están en retroceso, el 7 por ciento se mantiene y sólo un 1 por ciento ha avanzado. Se ha prospectado hasta ahora sólo un centenar de glaciares con una extensión de 16.860 kilómetros cuadrados. Chile posee junto a Argentina y Canadá las mayores reservas de agua dulce de todo el planeta. Según las estimaciones, el país cuenta con 1.720 glaciares, que han sido identificados entre la región de Atacama y Puerto Williams.

Los glaciares chilenos son una importante reserva de agua dulce, que de acuerdo a los datos enunciados, presentan en su mayoría marcados deterioros. En una época donde el calentamiento global está impulsando un cambio climático, que en Chile hace retroceder a la mayoría de estas importantes reservas de agua limpia, el Estado de Chile, por iniciativa de la Presidenta Michelle Bachelet, ha manifestado su preocupación por ello, iniciándose una Unidad de Nieves y Glaciología en la DGA del MOP.

La universidad Santa María plantea mantenerse a la cabeza de la Innovación tecnológica al servicio del país. Esta iniciativa concretada por sus profesionales para la unidad de glaciología y Nieves de la DGA del MOP, es una buena muestra de que se pueden enfrentar exitosamente desafíos conjuntos.

Pedro Serrano R
Académico del Departamento de Arquitectura de la Universidad Técnica Federico Santa María
Presidente del Directorio de Fundación Terram

La Habana: VII Jornada Provincial de Lucha contra el Tabaquismo

La VII Jornada Provincial de Lucha contra el Tabaquismo en Ciudad de La Habana tuvo lugar el viernes 17 en la sede del Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología, ubicado en Infanta, entre Clavel y Llinás, Centro Habana, Cuba.

Durante el encuentro especialistas, funcionarios de Salud Pública y de otros organismos, médicos, enfermeras, estudiantes y profesores de Ciencias Médicas y profesionales de la prensa, intercambiaron criterios en torno a la batalla que se libra en el país, y en particular en la capital, contra esa afección.

El doctor Mariano Bonet Gorbea, del Ministerio de Salud Pública, informó los resultados de una encuesta nacional de factores de riesgo y aspectos relacionados con el tabaquismo, mientras que la Máster en Ciencias Oria Susana Acosta habló sobre la situación actual de esta problemática en Cuba.

El programa científico de la jornada provincial de lucha contra el tabaquismo en Ciudad de La Habana contó la exposición, por un grupo de expertos, de los principales resultados de investigaciones realizadas acerca del asunto, y las experiencias de la comunicación social en materia de la educación del pueblo.

Tuvieron  intervenciones el profesor doctor Cosme Ordoñez sobre el hábito de fumar: suicidio o autoengaño, el doctor José A, Gutiérrez referida a sexualidad y tabaquismo, y la doctora Marina M. Calvo con un Circulo de Interés de Estilo de Vida y salud: experiencias con adolescentes.

También en el encuentro capitalino, bajo el título de ¿Es posible dejar de fumar? se exhibió un video en el cual un grupo de personas atendidas en las terapias de deshabituación tabáquica lograron poner fin a esa adicción.

Agradecemos la información enviada por la Dra. Oria Susana Acosta, coordinadora del Programa Nacional de Prevención y Control del Tabaquismo en Cuba.

Violencia y sistema penal: Fundamentos ideológicos de las políticas criminales de exclusión social

Desde hace ya varias décadas, en particular en los países occidentales, se verifica una constante y creciente utilización de los sistemas penales para encarar buena parte de la difusa conflictividad que atraviesa nuestras sociedades (cfr. Bergalli, 2003). Esta observación tiene que ver con el abandono paulatino del ius puniendi para castigar hechos de propia naturaleza punible y orientar la violencia penal hacia situaciones que básicamente no revisten esa entidad, para ser empleada respecto a grupos de personas que revisten características propias a una nueva marginalidad o al rechazo social de naturaleza étnico-cultural-religioso. Estas manifestaciones se producen mediante un abandono de la tradición iluminista y liberal del derecho a castigar, la cual estuvo siempre concentrada en la responsabilidad individual por la comisión de actos delictivos y dirigida a la aplicación de consecuencias punitivas a sus autores, cómplices y partícipes, es decir a acciones delictivas previamente previstas como tales y proporcionalmente sancionadas en abstracto por el orden jurídico penal del Estado moderno. Las profundas transformaciones generadas por los procesos de globalización económica, las perversas consecuencias sobre los seres humanos Baumann, 1998)  y la transfronterización de las persecuciones punitivas (Höffe 1991; Becucci/Massari, 2003) fue desplazando la violencia de los sistemas penales sobre quienes, por pertenencia étnica, cultural o económica a sectores deprimidos -todos ellos y ellas quienes han pasado a ser identificados como los explotados o excluidos del planeta- son considerados en los tiempos presentes como los estereotipos de la criminalidad considerada como la más grave: tráfico de drogas prohibidas, bandas organizadas para la realización de actos terroristas, conductas sumamente violentas contra la propiedad y/o la vida humana, etc. Para el caso no resultan pertinentes las distinciones entre países centrales y periféricos, todavía útil para explicar los movimientos del capital, la radical concentración de la riqueza y el cada vez más aberrante usufructo del trabajo humano. Mas,  la aplicación de la violencia punitiva a grupos muy caracterizados por su origen nacional, étnico-cultural y religioso parece cada vez bastante más uniforme y para explicarla no caben aquellas distinciones aunque sí sea oportuno destacar que la producción teórica que ideológicamente la fundamenta es el resultado del desarrollo de las disciplinas jurídico-penales y criminológicas en algunos centros de producción de aquel tipo de conocimiento.

En esta contribución sólo voy a analizar las razones principales de orden estructural que están en la base de la transformación de las políticas criminales contemporáneas, las cuales son, como ya he adelantado, las necesarias consecuencias de los movimientos del capital, de la radical concentración de la riqueza y de la cada vez más aberrante explotación del trabajo humano. En consecuencia, desde un principio conviene dejar subrayado que las estructuras económicas desarrolladas por el modelo social construido por las reglas de los últimos mercados neoliberales se caracterizan por una flagrante preponderancia de la exclusión, antes que por una búsqueda de la inclusión social. Interesa señalar aquí que cuando uso la expresión “reglas del mercado” no estoy aludiendo a aquellas de la oferta y la demanda libres que regularon la incipiente construcción del capitalismo liberal. Las previsiones de Adam Smith, John Suart Mill y los demás padres del liberalismo económico han sido radicalmente desvirtuadas en su sentido original por las circunstancias en las que se encuentra el capitalismo de concentración.  Cuando en las situaciones actuales de la economía mundial se alude al “mercado” ya no cuentan los parámetros de la ley de la oferta y demanda libres, pese a los auspicios de algunos patrocinadores contemporáneos de aquel liberalismo (los más conspicuos han sido Friedman, M./ Friedman, R.  1980). El (los) mercado(s) se caracterizan en el presente por su(s) composición(es) de una oferta propuesta por la grandes corporaciones y oligopolios capaces de generar una producción de bienes y servicios a través de las fronteras, los que sólo podrán rendir beneficios en la medida que su origen sea el resultado de los más bajos costes, tanto en las materias primas como en el empleo de una fuerza trabajo mínimamente retribuida. Mientras, la demanda de tales bienes y servicios se limita a aquellos sectores sociales  que poseen una suficiente capacidad adquisitiva como para poder adquirirlos, los cuales constituyen secciones muy restringidas de las sociedades contemporáneas.

Así las cosas, las señas de identidad del sistema económico presente son, por una parte, la concentración de la riqueza en pocas manos y, por la otra, la difusión de la miseria en las más vastas mayorías que han pasado a conformarse con los nuevos excluidos sociales. En unas pocas palabras, la globalización económica, impuesta desde ese proceso de concentración manifiesta, ha generado una estratificación de las desigualdades que crecen hasta el punto de generar este fenómeno de exclusión social (cfr. Gallino 2000: 51-96), al cual se pretende replicar con mayor empleo del sistema penal.

Pues bien, de todo esto pienso ocuparme en lo que sigue, o sea de cómo los sistemas penales contemporáneos han dejado de ser un control punitivo-estatal con fines de resocialización o reintegración social para sus clientes, pasando a constituirse en formidables agentes profundizadores de la exclusión social, ésta como rasgo esencial de los modelos de sociedad implantados por las reglas del mercado neo-liberal y la desaparición de aquellos modelos que se regían esencialmente por las normas del Estado.

1) La sociedad del mercado neoliberal.

El residuo o resultado de semejante transformación es el de una perversa y obscena utilización de los sistemas penales como los ámbitos de mayor violación de los derechos humanos. Por lo tanto, el avance de la sociedad de mercado promueve el delito, y así ha sido demostrado como aconteció para los Estados Unidos mediante cinco procedimientos (Currie 1998 130-142), los cuales han parecido coincidir para el Reino Unido (Taylor 1998: 234-235). Estos son:

- La “sociedad de mercado” promueve el delito de los poderosos produciendo un significativo crecimiento de la desigualdad mediante el proceso de generar concentraciones bastante destructivas de manifiesta privación económica;
- la “sociedad de mercado” ha estado erosionando la capacidad de las comunidades locales para suministrar apoyo a la gente sobre bases informales, mediante recursos cívicos y municipales. La destrucción de los recursos locales ha sido uno de los elementos centrales, causantes de la inhabilidad de las comunidades locales para facilitar la socialización y la supervisión de la gente joven, la que actualmente se reúne en las esquinas de las ciudades y los estacionamientos suburbanos, amenazando dificultades y provocando miedos o ansiedades;
- en términos de los efectos sobre el mercado laboral y sobre los recursos para la atención de los niños, el progreso de la “sociedad de mercado” ha constituido un elemento clave en las tensiones y presiones que ha debido soportar la “unidad familiar”. Los problemas de la fragmentación familiar, ampliamente informados, incluyendo la rápida aparición de la familia monoparental como un “problema social”, fueron claramente conectados con el impacto que tuvo el desencadenamiento de las fuerzas del mercado sobre los modelos de vida de los norteamericanos de clase baja y las comunidades étnicas establecidas
- el desarrollo de la “sociedad de mercado “en los Estados Unidos (p.ej., en la presión ejercida para privatizar los servicios sociales en muchas ciudades norteamericanas) se ha mantenido mediante el rechazo a cualquier clase de prestaciones estatales o públicas para aquellos que han perdido su puesto de trabajo como resultado del avance de las fuerzas del mercado; y,
- la “sociedad de mercado” en los Estados Unidos favoreció la institucionalización de lo que Currie llamó una “cultura de la competencia darwinista” por el status y los recursos, en particular por su constante aliento de un nivel de consumo que la economía de mercado ha sido incapaz de proporcionar a todos los ciudadanos, al menos por canales legítimos.

Véase, ahora, en concreto, lo acontecido con los sistemas penales contemporáneos.

2) Los sistemas penales de la segunda post-Guerra mundial.

La gestación de los sistemas penales modernos, a comienzos de la Modernidad, llevó consigo un claro designio secularizador y de tratamiento igualitario a quienes eran objeto de control punitivo. Sus fines más evidentes fueron el de eliminar la venganza privada y establecer precisos límites a la intervención punitiva de los Estados modernos (principio de legalidad). Sus propuestas, como provenientes del Estado laico, fueron las de producir una neta distinción entre delito y pecado, como también entre pena y penitencia. Los dos primeros conceptos -delito y pena-, respondiendo al principio de legalidad, podían únicamente ser empleados una vez que el ordenamiento jurídico-penal los hubiera establecido de forma abstracta (cfr. Ferrajoli, 1990, en su articulado análisis de todos estos aspectos).

Estos principios rectores, pisoteados por el derecho penal autoritario de los Estados totalitarios de entre guerras, fueron restablecidos por el constitucionalismo social desarrollado en la segunda post-Guerra mundial, y constituyeron las bases de un nuevo sistema penal orientado a una pena-fin, mediante la cual, además de cumplir ésta con su fundamento de naturaleza retributiva, también debía servir para alcanzar el objetivo rehabilitador o resocializador. De esta manera, la intervención punitiva estatal debía recoger las propuestas del modelo integral de ciencia penal (Gesamtestrafrechtswissenschaft) de principios del s. XX, agregando todavía los aportes que las disciplinas de la conducta podían suministrar para hacer comprender a los condenados a penas privativas de libertad la necesidad de corregir sus comportamientos y así poder llevar, después de su liberaciones, un vida sin delitos. Estas fueron las propuestas que, inscriptas en las constituciones de los Estados democráticos y de derecho, recogieron los ordenamientos jurídico-penales de Europa continental.

De modo contemporáneo a la reconstrucción de los aparatos productivos, tanto el progreso industrial como el desarrollo económico exigieron que los Estados fijaran las reglas con las cuales se pudiesen regular las relaciones entre los actores de tales procesos. Además, las iniciativas privadas fueron complementadas por las públicas, de modo que los Estados también fueron partícipes de actividades en los campos de la producción y circulación de bienes, todo lo cual, a su vez, generó unos recursos que, de manera participativa, se pudieron aplicar a las políticas sociales. La recomposición de los mercados de trabajo y el avance de una legislación laboral progresiva produjo un enorme salto de cualidad en los niveles de vida. De tales formas es como la idea del bienestar se convirtió en una meta a cumplir por los Estados democráticos.

Este sintético cuadro de la situación europea en la inmediata post-Guerra mundial posibilitó que los sistemas penales pretendieran alcanzar los objetivos resocializadores, los cuales fueron atribuidos a la ejecución del encierro carcelario, algo absolutamente imposible de cumplir mediante el aislamiento o secuestro institucional. Este aspecto es el que muestra con más evidencia hasta cuál punto la ideología resocializadora estaba ligada a un modelo de sociedad de bienestar, aunque al mismo tiempo también lo estaba a una orientación correccionalista.

3) La criminalización en el tiempo de la globalización.

Los fenómenos consecuentes a la globalización, como se ha anunciado, están comportando en el presente unas desigualdades mucho más profundas que aquellas que siempre han existido en todo tipo de sociedad industrial realizada. Pero, a su vez, dan lugar a formas de criminalización todavía más rígidas y excluyentes a las que siempre han tendido los sistemas penales, sean los propios a las sociedades liberales del s. XIX, sean aquellos relativos a los de las sociedades del bienestar del s. XX. Aludo aquí a los dos tipos de criminalización conocidos: primaria y secundaria, es decir a aquellos relativos a la creación del derecho penal material, con el cual se amplían los márgenes de actuación de los sistemas penales, como seguidamente a los que se constatan con la intervención de las policías, las jurisdicciones penales y las instituciones carcelarias.

Mas, esta orientación que ya los sistemas penales contemporáneos habían revelado desde por lo menos unas décadas anteriores, sufrió una agudización extrema a partir de lo que ya se conocen como las consecuencias penales de los sucesos del 11. septiembre de 2001, al ser atacadas las Twin Towers de New York. Si el nuevo imperialismo desarrollado hasta entonces desde los centros del poder mundial, instalado en el seno de las empresas multinacionales y de las instituciones militares de los Estados Unidos, había dado muestras de total menosprecio por un número de países cuyas dependencias de las actividades económicas y bélicas norteamericanas cuyos intervencionismos eran patentes, después de aquellos luctuosos sucesos esta capacidad se convirtió en el eje de un impulso agresor, todo por el petrolio (v. Harvey, D. 2003). Afghanistan y últimamente Irak lo muestran con toda evidencia.

Pero, junto a tal agresividad, el comportamiento que se ha exhibido, por lo menos hasta la transmisión del poder político en 20 enero 2009 desde la White House y, en especial desde otras instituciones y centros de poder que actúan en su entorno como actividad satelitaria para la difusión de la ideología bélica, han influido hasta el presente de una manera decisiva y en general, sobre las filosofías punitivas de los Estados occidentales.

Una primera expresión de tal agudización, siguiendo la distinción hecha en relación a los dos niveles de los sistemas penales modernos (abstracto o estático y concreto o dinámico), se ha verificado en el terreno del derecho penal material. Esta expresión tuvo, sin embargo, precedencia a los sucesos del 11. septiembre de 2001 y comenzó a verificarse con las transformaciones propias de la globalización económica. La reclamada ineficacia del derecho penal para controlar el aumento de la criminalidad comenzó a verificarse mucho antes de esos hechos. Ello tuvo lugar a partir que los efectos de la globalización  se hicieron sentir sobre la existencia y alcance del concepto de derecho, en particular en lo que atañe a su producción y aplicación. En efecto, desde el momento que el desarrollo de la economía globalizada impuso la necesidad de que las reglas jurídicas alteraran su racionalidad, en el sentido que no sólo debían concretarse a amparar relaciones limitadas al ámbito de los Estados nacionales y extender su alcance a aquellas que iban más allá de las fronteras estatales, las nociones clásicas de la cultura jurídica, en cuanto a espacio y tiempo, se demostraron insuficientes. Esto ocurrió, primero en el campo del derecho privado, en lo que se refiere a la regulación de contratos y obligaciones. Mas, de inmediato también el derecho público reveló su inadecuación para limitar situaciones que siempre habían caído bajo el control estatal. Por otra parte, los cambios de la tecnología facilitaron unos movimientos de bienes y servicios muy difíciles de vigilar, como asimismo multiplicaron ciertos recursos que usados de manera imprudente o irresponsable generaron daños a personas, grupos humanos o bienes colectivos que muchas veces ni siquiera están situados donde se producen tales recursos.

4) Lo acaecido con el sistema penal de España.

Un caso particularmente demostrativo de la necesidad de modificar la legislación punitiva ha sido el español. Desde que se inició la denominada transición democrática, los cambios introducidos en el Código Penal, iniciados con la reforma de 1983, adquirieron un sesgo creciente de inflación punitiva, pese a que en el plano de las garantías se elevó su nivel en coherencia con la exigencia de respeto a los derechos fundamentales introducida por la Constitución de 1978. No obstante, reformas ulteriores aumentaron el número de tipos delictivos hasta alcanzar en septiembre de 2003 (cfr. Código Penal 2003) los 623 artículos con el nuevo Código Penal –conocido como el Código Penal de la democracia-  de 1995 (LO 10, de 23 de noviembre) el cual entró en vigor en 24. mayo de 1996. En los años que corrieron hasta el presente se han introducido todavía una serie de reformas que han hecho, aún más, aumentar esos tipos penales, tanto en número como en gravedad. Lo cierto y concreto es que, mientras el Código Penal de 1995 fue presentado como más benigno, en relación a la legislación penal del franquismo, en la actualidad el ordenamiento punitivo español revela un rigor inesperado para un sistema penal de un Estado social y democrático (1).  Pero, en los últimos meses del año 2003, esa agudización fue aún más grave, habiéndose llegado a las propuestas del precedente gobierno conservador que fueron aceptadas por la oposición de centro-izquierda.  La que tampoco ha podido modificarlas después del terrible atentado en la estación de Atocha (Madrid), en 14 Marzo 2004.  Todas ellas tradujeron  una manifiesta criminalización y endurecimiento de penas para comportamientos que van desde algunos vinculados a la vida cotidiana (violencia familiar) hasta otros que se relacionan con los afectados por las modalidades terroristas (2). En estos últimos es donde se comprueba la adhesión declarada del anterior gobierno español a la estrategia bélica aplicada desde la White House y el propio Pentágono. Como es ya de dominio internacional, para imponer doquiera que sea necesario el predominio sobre los recursos energéticos, necesarios para mantener el ritmo de la producción y sanear así la maltrecha economía norteamericana, el empleo de lo que se denominó como guerra preventiva (o acciones anticipatorias, según la versión dada por el entonces Presidente Aznar del Gobierno español, v. El País 2003) se ha articulado sobre la base de considerar toda y cualquier resistencia como expresión de un terrorismo internacional que se asocia con los atentados a las Twin Towers. Este punto de vista se ha introducido en las políticas domésticas de aquellos países cuyos gobiernos se han asociado con la estrategia mencionada. De aquí en más, el tratamiento de las infracciones más leves, pasando por los delitos comunes y de calle, hasta confundirlos con los que puedan realizar quienes integran organizaciones armadas motivadas políticamente, todos son encarados desde la óptica de la alarma social y el terror. En efecto, el discurso que subyace a todos los enunciados de gobierno (tanto el del anterior Ejecutivo de los Estados Unidos, como el de tendencia conservadora que fue en precedencia al presente de España) sobre cualquiera de estos tipos de comportamientos, han sido nivelados desde la óptica del terror. A esta altura de tales circunstancias a nadie se le escapa que semejante argumentación discursiva es tan incongruente con los fundamentos retributivos, cuanto con los fines preventivos pero siempre garantistas de todo sistema penal democrático, propio a un Estado social y constitucional de derecho. Empero, la construcción de un tal discurso ha requerido de una fundamentación teórica, la cual es necesario al menos presentar aquí a fin de comprender la naturaleza ideológica con que se pretende justificar el rigor punitivo con el que se encara básicamente el uso de los sistemas penales.

 No obstante, antes de ello conviene todavía puntualizar que las visiones de la originaria sociedad industrial y de mercado de los s. XVIII y XIX, con libre oferta y demanda, pero alimentada por la explotación del trabajo asalariado, requirieron de un control punitivo que fue elaborado por un derecho penal liberal concentrado en la protección de bienes jurídicos individuales y un conocimiento criminológico ensimismado en la búsqueda de las causas individuales del comportamiento criminal. Los excluidos del mercado de trabajo, no propietarios de bienes y sólo de su fuerza trabajo convertida en mercancía, se constituyeron así en la clientela de los sistemas penales. De tales maneras fue que se nutrió la ideología con que aquel control punitivo se proyectó y ejerció, por lo menos hasta la segunda post-Guerra mundial. Es decir, un control prioritario sobre el proletariado y con el específico fin de dar fuerza al binomio cárcel y fábrica, como eje de la necesaria disciplina social; de tal modo, quien no aprendía las reglas de comportamiento social en el mundo fabril, pues entonces las debía aprender en el ámbito carcelario. Por tanto, si bien en las sociedades industriales y luego en las denominadas como del bienestar, se acrecentó una más vasta participación en los procesos de acumulación de riqueza, aunque siempre limitada a clases sociales medias-altas, el delito de los asalariados y los delincuentes definidos como tales pero provenientes de las clases subalternas fueron considerados como el campo preferente de intervención para las instancias del sistema penal, por no ser parte de aquellos procesos. Una muestra explicativa de esta preferencia se puede encontrar, dentro de la filosofía punitiva así orientada ideológicamente, en el conocido como fin de la ejecución de penas, asentado en el principio de la resocialización o readaptación social del condenado (antes señalado en apartado 2), el cual se articuló sobre un tratamiento penitenciario prioritariamente orientado hacia el retorno a una vida social en la que el trabajo dependiente fue una constante. Así estuvo constituido el horizonte de actividad de un vasto número de sistemas penales en Occidente.

5) La estrategia del terror y la severidad punitiva.

Si es verdad que la estrategia del terror a la que se está aludiendo se ha revelado como inconsistente, asentada sobre falsedades o mentiras (y lo que está sucediendo en Irak así lo prueba), como la justificación de la guerra sobre la supuesta posesión de armas de destrucción masiva, sin embargo ella no ha carecido de justificaciones teóricas. En efecto, por una parte es la recreación de un derecho penal del enemigo (cfr. por todos  Muñoz Conde 2003) y, por la otra la articulación de políticas de tolerancia cero asentadas sobre el denominado actuarialismo criminológico, propuestas éstas que permiten alentar intervenciones punitivas desprovistas de los fundamentos y fines con que se afianzaron los sistemas penales modernos. Sobre estas anti-democráticas justificaciones existen abundantes juicios negativos (cfr. De Giorgi 2000; 2002; esp. Young 2003),  y a ellas se hará alusión a seguido. Sin embargo, algunos años antes se había advertido del papel altamente polémico que podía desempeñar la zero Tolerance como concepto penal en el marco de lo que se denominó como ‘kleinen’ Kriminalpolitik poniendo en peligro los principios del derecho penal del Estado de derecho (cfr. Hassemer 1998).

En efecto, es en esos dos niveles de justificación de la más reciente severidad punitiva donde anidan los fundamentos ideológicos que han permitido la utilización de la violencia propia a todo sistema penal para profundizar las más aberrantes formas de exclusión social.  De tal modo, corresponde indagar acerca de las visiones del mundo social que proyectan ambas propuestas con el fin de encontrar, tanto en el nivel de la teoría jurídico-penal cuanto en el ámbito del conocimiento criminológico, el verdadero sentido de la violencia penal contemporánea.

Un derecho penal del enemigo no es, como se sabe, de creación reciente. Arraiga en la ya afirmada antinomia “amigo-enemigo”, sostenida en términos políticos por Carl Schmitt (1942: 129). Dicha contradicción ha pasado a justificar la gestación de un derecho penal del enemigo en la creencia que en toda sociedad ha de ser considerado “enemigo” quien se aísla del derecho que regula las relaciones entre quienes se someten al mismo y que por este dato, precisamente, se identifican como “ciudadanos”. En pocas palabras, “derecho” es sólo lo que vincula a los “ciudadanos” o personas reconocidas como tales (datos estos esbozados por Jakobs, G. 1985: 751-785 y en una más reciente, amplia pero modificada versión de su posición, en su contribución de 2000: 51 ss.) de donde se extrae que el “enemigo”, quien se manifiesta como tal en el mismo medio en que actúan los “ciudadanos”, es no-persona, contrariamente a la consideración como “personas” que se hace de los últimos. Claro está, los autores que han buscado extender el concepto de enemigo a quienes no se someten al derecho de los ciudadanos, no han extendido sus análisis al conocimiento de los motivos (de orden cultural, económico, político, étnico o religioso) por los cuales dicho sometimiento no tiene lugar. Un “derecho penal del enemigo”, lo que en sí mismo, en consecuencia, es también una antinomia, no reconoce ni emplea los principios básicos del derecho penal liberal para el tratamiento punitivo de los enemigos, pues tales principios quedarían reservados para un “derecho penal del ciudadano”.

 Lo que no se explicita en esta justificación para tratar con más rigor punitivo a los “enemigos” es lo que atañe a dos aspectos que son, en cambio, de verdad relevantes. Uno, es el atinente a la consideración que practica G. Jakobs del derecho penal –cualquiera sea su calificación-como una pieza clave en el análisis del sub-sistema jurídico de cualquier sistema social (Luhmann), con lo cual todo sistema penal y en particular la aplicación de las penas, ha de estar orientada a consolidar el nivel de expectativas sociales acerca de que no se produzcan delitos y, si estos se producen, a que las penas previstas se aplicarán, en todo caso (teoría de la prevención general positiva). Otro aspecto, es el relativo al desplazamiento que se produce con respecto a la tradicional consideración que el derecho penal liberal, de cuño iluminista, ha hecho siempre del ser humano que comete delitos. En la búsqueda de la prevención-integración que se manifiesta en esta justificación mediante la aplicación de penas, la consideración de los autores de delitos es substituida por una necesidad de salvaguardar el sistema (este aspecto, fuerte y polémicamente señalado por Baratta 1984, nunca fue respondido por Jakobs, pese a la incuestionable consistencia argumental con que fue presentada la cuestión). De aquí parte el requerimiento de que todo derecho y sistema penal ha de ser eficaz pues, de no probarse tal eficacia se manifestaría una pérdida de confianza en el sistema, para el caso el propio sistema social.

6) Tolerancia cero y su justificación ideológica. El nuevo paradigma criminológico

La consideración de la eficacia de todo sistema penal es asimismo tenida en cuenta por los abordajes que se proponen desde el ámbito de la denominada tolerancia cero. En efecto, como se sabe, desde que J. Young desenmascaró al completo lo que denominó como criminología de la intolerancia (3), (cfr. Young 1999 Cap. 5: 121-147, trad. cast. 191-230) quedó de manifiesto que tanto, la política penal de three strikes and you’re out, cuanto la filosofía de broken Windows (Wilson/Kelling) han alimentado la creencia que fue la Zero Tollerance (nacida en el libro de Dennis, ed. 1997) como imposición de un rígido control policial, fue lo que hizo disminuir el delito en el período 1993-1996, en la ciudad de New York. Por el contrario, el famoso Comisionado William Bratton, al distanciarse del concepto de tolerancia cero, demostró que otras prácticas policiales que no guardan relación con ella y que vigorizan técnicamente la actividad policial redundan en una mayor eficacia del control del delito (v. Young op.cit. : 124, cast. 196). Pues, no obstante lo demostrado por J. Young, se sigue alimentando la creencia que cuánta más dureza y rigidez policial se empleen en las calles para eliminar la criminalidad menor, la marginalidad social, la mendicidad agresiva, la prostitución callejera (“es necesario barrer las calles de toda la escoria social”, afirmó el anterior Presidente del gobierno español, señor Aznar) entonces se restringirá el crecimiento de la criminalidad.

Existen otros ámbitos de los sistemas penales para demostrar que la tolerancia cero, como expresión de un mayor rigor punitivo, no hace descender las estadísticas criminales aunque se piense que el crecimiento de las poblaciones penitenciarias es una demostración de la eficacia del control sobre la criminalidad. El aumento geométrico de personas reclusas en cárceles (el caso de los Estados Unidos es paradigmático, pero no es obviamente más que una muestra) de todo el planeta y, en particular, en las de la Unión Europea (pero no sólo) revela algo más que un simple dato cuantitativo. Efectivamente, no obstante se crea que las reglas del mercado han reemplazado a las normas del Estado como expresión de control social, tales cifras muestran cómo a los procesos de globalización corresponda una transformación no sólo de las políticas penales sino también de las mismas políticas del Estado. El control en general, y en particular el control punitivo, es la función principal asignada por los procesos de globalización a las autoridades políticas de los Estados (aunque el capital privado intervenga, cada vez con más interés y presencia, en el llamado business penitenciario) y se expresa como represión respecto a ciertas categorías sociales actualmente consideradas como criminales en las estadísticas, aunque en esencia no sean sino el reflejo de marcadas situaciones de exclusión social. No obstante, también estas no-personas responden a otras características, tales como la de jóvenes que no han podido ingresar en el mercado del trabajo, inmigrantes extra-europeos entrados “sin papeles” a territorio de la Unión Europea que cometen delitos menores, toxico dependientes que deben dedicarse al tráfico y comercio de substancias prohibidas, etc. Todos ellos son los nuevos y más recientes “enemigos” interiores. Sin embargo, tales categorías son aquellas que asimismo representan colectivos de no-personas (dicho aquí en el sentido en que Dal Lago 1999 ha utilizado antropológicamente la expresión) identificadas por sus pertenencias culturales, económicas, políticas y religiosas a quienes se les atribuye una vinculación específica con la criminalidad más perniciosa de carácter internacional; sobre estos grupos se desplaza vulgarmente la falsa creencia de una responsabilidad criminal colectiva. Tales no-personas son ideológicamente consideradas en los tiempos presentes no únicamente desde el conocimiento vulgar o popular, sino también identificadas (cuando en verdad no lo son) por las instancias de los sistemas penales, como los estereotipos de la criminalidad considerada como la más grave: tráfico de drogas prohibidas, bandas organizadas para la realización de actos terroristas, conductas sumamente violentas contra la propiedad y/o la vida humana, etc. Esta es la demostración más evidente que toda la justificación teórica, jurídico-penal y criminológica, a la que antes se aludió es de clara naturaleza ideológica, en el sentido de descargar sobre esos colectivos una falsa o sesgada visión de ser portadores de la criminalidad más grave (4).  Por todos estos datos, constituyen hoy en día las muestras más expresivas de la exclusión social puesto que básicamente son extraños, no ciudadanos en las sociedades que no los integran.  Es respecto a estas categorías de la más reciente exclusión social que el conocimiento criminológico de cuño crítico debe ampliar sus ámbitos de investigación, (el nuevo paradigma del conocimiento criminológico) aunque dejando de lado, obviamente, la carga ideológica con que hasta ahora los han considerado los sistemas penales de las sociedades que las excluyen.
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Notas de página

 1. Ello así, pues ha sido posible demostrar que, con la nueva regulación penal, fue ya posible alcanzar el total cumplimiento de una pena de privación de libertad si se aplicara en su límite máximo de treinta años (cfr. Muñagorri 1997: 113). De tal modo que los reclamos oficiales, levantados por el precedente Gobierno conservador de España (del Partido Popular), en el sentido que se introduciría una reforma para lograr que las penas aplicadas para ciertos delitos graves (por ejemplo, los cumplidos con finalidades terroristas) fueran de cumplimiento total y efectivo, carecerían de sentido pues ello ya era posible con el Código Penal de la democracia -1995- que propuso al Congreso y logró hacer aprobar el Gobierno de entonces, autoproclamado de izquierda (del Partido Socialista).
 2.  Todo este proceso ha merecido ser denominado como la reforma de la reforma o la contrareforma penal (cfr. el dossier bajo este título de 2003).
3. También denominada como de la vida cotidiana (cfr. Garland 1997) en el sentido que el delito y el desorden se han convertido en sucesos propios de cada día, en todas las sociedades.
4. En el sentido aludido, parece pertinente transcribir aquí la definición que proporciona el filósofo-político Martin Seliger: conjunto de ideas por las que los hombres proponen, explican y justifican  fines y significados de una acción social organizada y específicamente de una acción política, al margen de si tal acción se propone preservar, enmendar, desplazar o construir un orden social dado (1976: 11), a la que se subscribe Ferry Eagleton (1995), sugiriendo también tener presente la amplia fundamentación que Selinger da a aquella definición (cfr. Selinger 1977).

Referencias

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Dr. Roberto Bergalli
Profesor titular en el Departamento de Derecho Penal y Ciencias Penales y Director del Master Sistema Penal y Problemas Sociales de la Universidad de Barcelona

(*) Texto publicado en el volumen compilado por Manuel Delgado, Gerard Horta y Alberto López Bargados La humillación. Técnicas y discursos para la exclusión social, Barcelona: La Biblioteca del Ciudadano-Ediciones Bellaterra, 2009: 73-99. El texto se reproduce con expresa autorización del autor.

Energía. Luz, calor, vida

Desde el principio de su existencia hasta hoy, la humanidad ha necesitado de la energía para sobrevivir y desarrollarse. Cuanto mayor es la capacidad de obtención y explotación de los recursos energéticos por parte de una determinada sociedad, más importante y complejo es su grado de desarrollo y mayor su capacidad de producción de bienes de consumo.

La energía es, entonces, la fuerza vital que nutre la civilización. De ella dependen el transporte de personas y mercancías, el calentamiento y refrigeración de las viviendas, la iluminación de casas y ciudades, el funcionamiento de las fábricas, las obras públicas, la obtención de los alimentos, su cocción y envasado, es decir, todo aquello que conforma nuestras sociedades.

Hace un siglo y medio, aproximadamente, las principales fuentes de energía eran la fuerza de los animales y la de los hombres y el fuego obtenido al quemar la madera o la turba para calentarse y cocinar. A lo largo de los siglos se habían inventado algunos artefactos para aprovechar la fuerza de los ríos para moler los cereales o la del viento para la navegación a vela o los molinos de viento. Pero con la invención de la máquina de vapor, primero, el uso del carbón, el petróleo, el gas y la electricidad después, todo cambió sustancialmente. En efecto, desde la Revolución Industrial hemos necesitado cada año de mayores cantidades de recursos energéticos, llegando a la situación actual, en que la humanidad demanda más energía que la que está produciendo, empezando a agotar los recursos naturales, proyectando un porvenir que –de no descubrir, inventar y desarrollar nuevas fuentes de energía– se presenta catastrófico. Ante esta situación, desde hace unas décadas se intenta desarrollar –con resultados diversos por problemas tales como el precio o la contaminación– otras formas de energía, provenientes de recursos renovables: nuclear, solar, eólica, biocombustibles, etc.

Nuestro país posee numerosos recursos energéticos no renovables, pero con una duración limitada en cantidad y tiempo. Los cambios que experimentó la economía en los años noventa modificaron en forma sustancial la situación de los recursos energéticos y su procesamiento. Según datos oficiales, el 94% de la energía primaria proviene de recursos no renovables y sólo el 6% restante de los renovables. La privatización de una parte importante del sector energético, además de ocasionar serios problemas por la falta de inversión, ha afectado nuestra capacidad de decisión tecnológica. Si bien la situación no es aún crítica, ya se empiezan a percibir problemas importantes en cuanto al abastecimiento, sobre todo en invierno.

Se hace imperioso, entonces, que en la Argentina se arbitren y profundicen los mecanismos necesarios para impulsar, de manera decidida y eficaz, políticas que garanticen el uso racional y sustentable de los recursos naturales y también la provisión futura de energía, con la construcción de centrales nucleares y la investigación y producción de energía eólica, solar, de combustibles basados en la biomasa –etanol, biodiésel, biogás–, hidrógeno, etc.

En el Nº45 de Encrucijadas abordamos, como siempre, este tema desde diferentes especialidades científicas.

CONOCÉ TODOS LOS ARTÍCULOS DE LA REVISTA EN http://www.uba.ar/encrucijadas/45/index.php Y HACENOS AQUÍ TU COMENTARIO.

PRIMER PREMIO ADEPA 2008

Encrucijadas fue distinguida con el primer premio en la Categoría  “Bien Público” del concurso anual Premios ADEPA al Periodismo. Recibieron la estatuilla, en representación de la UBA, la vicerrectora María Beatríz Guglielmotti y el subsecretario de Relaciones Institucionales y Comunicación, Ariel Sujarchuk.


DROGAS Y POBREZA

Neoliberalismo, vulnerabilidad y sufrimiento social

La emergencia instalada en la sociedad argentina por la acelerada expansión del paco parecería confirmar, por el carácter compulsivo de su consumo y su frecuente asociación con actividades ilegales, los supuestos ideológicos más conservadores de los vínculos entre pobreza y drogas. Este artículo pretende abrir ciertas preguntas y aportar dimensiones de inteligibilidad sobre las complejas relaciones entre droga y pobreza

(María E. Epele. Antropóloga, UNLP. Sección de Antropología Social – Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Investigadora del Conicet)

La llegada y rápida expansión del residuo de pasta base, comúnmente llamado paco, parece haber inaugurado una nueva relación entre la sociedad argentina y las drogas. Los medios de comunicación masiva se han inundado con imágenes de adolescentes y jóvenes fumando compulsivamente en pasillos de las villas, madres desesperadas por la muerte de sus hijos, adolescentes y casi niñas dispuestas a intercambiar sexo por dos, cinco o diez pesos. La presentación recurrente de imágenes de adolescentes y jóvenes, que con expresiones desencajadas, deterioro corporal y un estado de inquietud y alteración fuman de pipas improvisadas ha ido conformando una extraña y rudimentaria estrategia de información, basada en la exposición cruda de los propios usuarios/as. A su vez, la alarma del paco, especialmente para aquellos adolescentes y jóvenes que viven en asentamientos y barrios populares, se completa con la permanente difusión de cifras del crecimiento exponencial tanto del consumo como de la muerte en jóvenes de estos sectores sociales por causas evitables y frecuentemente violentas.

De este modo, la emergencia instalada en la sociedad argentina por la acelerada expansión del paco parecería confirmar, por el carácter compulsivo de su consumo y su frecuente asociación con actividades ilegales, los supuestos ideológicos más conservadores de los vínculos entre pobreza y drogas. Sin recurrir a una refutación superficial, y basado en la perspectiva crítica de la Antropología, el objetivo de este artículo es abrir ciertas preguntas y aportar ciertas dimensiones de inteligibilidad sobre las complejas relaciones entre droga y pobreza.

Del riesgo a la vulnerabilidad social

Con algunos antecedentes previos en la década del sesenta y del setenta, los estudios antropológicos, y en ciencias sociales sobre el consumo de drogas en contextos urbanos fueron impulsados por la emergencia instalada por la epidemia del VIH-sida en la década del ochenta. Desde un primer momento, la confrontación con las complejas realidades que incluye el uso de drogas en poblaciones vulnerables tanto en el primer como en el tercer mundo mostró las insuficiencias de los paradigmas tradicionales para su abordaje.

El reconocimiento progresivo de la insuficiencia del paradigma epidemiológico basado en la noción de riesgo para abordar el problema de la transmisión del VIH en contextos de uso intensivo de drogas, impuso la necesidad de incluir los procesos económicos y políticos que intervienen en la producción y reproducción de vulnerabilidad social en general y de salud en particular.

No sólo la rápida expansión de esta epidemia, sino también el acelerado crecimiento del consumo de drogas en poblaciones vulnerables del primer y tercer mundo estuvieron vinculados con las transformaciones económicas, políticas y sociales vinculadas al neoliberalismo. En primer lugar, las modificaciones en la accesibilidad, calidad y precio de determinadas sustancias para determinadas poblaciones son susceptibles de ser explicadas por modificaciones en el mercado internacional, regional y local de drogas. En segundo lugar, los modos de producción de la vulnerabilidad tanto con respecto al VIH-sida como al uso intensivo de drogas, estaban en directa relación con la definición de la “nueva cuestión social” (Castel 1997). El desempleo y trabajo precario, la fragilidad de los vínculos sociales de soporte, la pobreza estructural, la reducción y transformación de la intervención estatal, la criminalización y represión de determinados grupos sociales, la violencia estructural, la conformación de enclaves territoriales cerrados, definen las coordenadas centrales de vulnerabilidad social en las sociedades contemporáneas. Es decir, los procesos macroestructurales económicos, políticos, sociales se articulan no sólo con los cambios en las sustancias dominantes y con sus modos de uso sino con la profundización de las fracturas sociales (de clase, de etnia, de territorio, de género, de edad), por las que determinados sectores de la población son más susceptibles de enfermar y morir de forma temprana (Bourgois y Bruneau 2000). Sin embargo, las características y consecuencias para las poblaciones vulnerables que adoptan estas fracturas sociales varían de acuerdo no sólo con las modalidades que adoptaron las reformas y crisis estructurales en diferentes regiones y países, sino también a las políticas de salud, de seguridad y de represión en contextos en que el uso de drogas está incluido.

En Argentina, la expansión tanto de la epidemia del VIH-sida como el acelerado incremento de consumo de drogas, específicamente de la cocaína en los sectores populares, se corresponde con las transformaciones estructurales económicas y políticas de fines de la década de los ochenta y comienzo de los noventa. Uno de los conjuntos sociales más afectados por la epidemia del VIH-sida fueron los usuarios de drogas por vía intravenosa (Lusida 2005). Cuando comencé el trabajo de campo en una de las villas ubicadas al sur del Gran Buenos Aires, el uso inyectable de drogas se había convertido en una práctica marginal. La mayoría de los usuarios/as de drogas por vía inyectable había muerto en el curso de la década, principalmente de sida (Epele 2003). La falta de programas de información y prevención en los contextos de vulnerabilidad produjo que estas poblaciones conocieran la epidemia a través de la experiencia directa de enfermar y morir. Sin embargo, las políticas de tendencia abstencionista y el montaje del dispositivo sanitario-judicial-policial de criminalización y rehabilitación compulsiva en el curso de los noventa, no sólo no impidieron el acelerado incremento del consumo de drogas, sino que indirectamente facilitaron la multiplicación de los daños y el deterioro de la salud como el progresivo compromiso para la supervivencia de los jóvenes usuarios de poblaciones vulnerables. Si bien la implementación progresiva de programas de reducción de daños a fines de la década de los noventa en determinados barrios y áreas urbanas inició una política para contrarrestar estas tendencias, su desarrollo encontró en la abrupta caída de las condiciones de vida la rápida modificación de los escenarios y prácticas de consumo de drogas, ciertos obstáculos y desafíos en la generalización de su propuesta (Zeballos 2003).

La experiencia de la vulnerabilidad. La perspectiva de los usuarios/as de drogas

La correlación entre los procesos económicos y políticos y los cambios en las prácticas de consumo de drogas en determinadas regiones y países se ha convertido en uno de los principios de inteligibilidad básico de las perspectivas actuales sobre el consumo de drogas. Si bien esta correlación es condición necesaria para el entendimiento de las modificaciones y las características de los contextos en el que el uso de drogas tiene lugar, no es suficiente.

La inclusión de las perspectivas y experiencias de los propios actores sociales, en este caso, de los usuarios/as de drogas, ha sido uno de los principales aportes de las investigaciones antropológicas, sobre el uso de drogas en contextos de pobreza y marginación social. Los estudios etnográficos han podido documentar en detalle las prácticas de consumo de drogas y sus vínculos con las dinámicas de la vida cotidiana, los cambios en las economías locales (legales e ilegales), las relaciones de género y prácticas sexuales, los patrones de violencia y las consecuencias de la criminalización y represión (Bourgois).

Lejos de ser sujetos pasivos, los usuarios/as intensivos de drogas llevan a cabo prácticas, desarrollan vínculos, estrategias de subsistencia y producciones simbólicas con las que se oponen precariamente a las condiciones de opresión y a sus malestares. El estigma, la discriminación y las sanciones sociales que recaen sobre el uso de drogas promueven el ocultamiento y el aislamiento progresivo de los usuarios/as. El deterioro de la calidad y la elevada toxicidad de las “drogas para pobres”, han venido teniendo amplias consecuencias en el estado de salud y los daños más o menos permanentes de los usuarios/as. La mayor dependencia de las actividades ilegales (hurtos y robos, venta menor de drogas, etc.) para obtener recursos se ha agudizado en el curso de los últimos años, juntamente con su mayor exposición a peligros que comprometen su supervivencia. Además, entre los amplios efectos de largo plazo de la criminalización del uso de drogas, se destaca el distanciamiento, evitación y sospecha de los usuarios/as respecto de las instituciones estatales, específicamente de salud. En este sentido, el crecimiento constante de las estadísticas de consumo y de muerte joven es susceptible de ser considerado como la punta del iceberg de una compleja conjunción de estos procesos.

Por esta razón, con la inclusión de la perspectiva de los propios actores sociales ha podido describir y analizar los conflictos y tensiones por los que las alternativas disponibles para resistir a la opresión rutinaria y a los malestares asociados a la exclusión, promueven frecuentemente nuevos órdenes de vulnerabilidad, deterioro y destrucción.

De la vulnerabilidad al sufrimiento social

La llegada del paco a fines de los noventa, su rápida expansión después de la crisis del 2001-2002, hasta la situación de emergencia actual viene a cerrar un ciclo que comenzó décadas atrás. La muerte de la mayoría de los usuarios por vía inyectable por la epidemia del VIH-sida, el crecimiento constante de las muertes y/o encarcelamiento de los jóvenes pobres, la progresiva fragmentación de los territorios y de las redes sociales de usuarios/as de drogas y la disolución de los mecanismos locales de protección, soporte y regulación de la violencia, han promovido una cronificación y corporización progresiva de situaciones traumáticas.

Es decir, la constante referencia a la elevada toxicidad de la pasta base, deja frecuentemente de lado, los efectos tóxicos de las políticas y reformas económicas, su sedimentación, fragilización y deterioro de los cuerpos sociales e individuales.

A los padecimientos y malestares asociados a la cronificación de la pobreza, en los contextos de uso intensivo de drogas se le agrega nuevos niveles de alienación y malestar, vinculados no sólo al consumo de drogas sino también a las miradas distantes, externas y objetivantes que modificando las dinámicas de reconocimiento intersubjetivo, los empuja al árido espacio del “menos que humano” (Agamben 1998). Los jóvenes usuarios/as de drogas quedan, entonces, depositados en un territorio caracterizado por la pérdida de los derechos sociales, económicos y civiles, que modificando los procesos de identidad y dignidad, hacen que su vida sea difícilmente vivible y en ocasiones, se convierta en no viable.

La proliferación de imágenes de usuarios/as de pasta base en los medios de comunicación masiva, si bien contribuye a la información –al menos preliminar– de la realidad compleja y dramática del consumo de drogas, trabaja, en ocasiones, en la misma dirección que los procesos de expulsión social que la han producido.

Presentar el problema de la pasta base como una imagen de la relación entre un joven –generalmente en un estado de inquietud y desesperación– y una pipa en un pasillo de una villa implica no sólo el ocultamiento de los procesos complejos que han modelado esta realidad, sino multiplica en la exposición la violencia asociada a la objetivación, a la intromisión y la extrema vulnerabilidad que los jóvenes experimentan diariamente en aquellos contextos que han condensado los daños sociales del complejo entramado entre drogas y pobreza.

 

 
 
___________________________________________________________________Referencias:

Agamben, G. (1998), Homo sacer III. Lo que queda de Auschwitz. Barcelona, Pre-Textos.

Bourgois, P., and Bruneau, J. (2000), “Needle Exchange, HIV infection, and the Politics of Science: Confronting Canada´s Cocaine Injection Epidemic with Participant Observation”. Medical Anthropology, 18: 325-350.

Castel, R. (1997), Las metamorfosis de la cuestión social. Buenos Aires: Paidós.

Epele, M. (2003), “Changing Cocaine Consuming Practices. Neoliberalism, HIV-AIDS and Death in an Argentine Shantytown”. Substance Abuse & Misuse 38 (9):1181-1207.

Lusida (2005), Programa Nacional de SIDA (2005), Boletín sobre el SIDA en la Argentina.

Zeballos, J. (2003), Argentina: efectos sociosanitarios de la crisis 2001-2003. Buenos Aires: Organización Panamericana de la Salud.

El deterioro de la calidad y la elevada toxicidad de las “drogas para pobres” han venido teniendo amplias consecuencias en el estado de salud y los daños más o menos permanentes de los usuarios/as.

 

Tabaco. Fumadores adictos y cáncer de pulmón

La mayoría de los cánceres de pulmón está relacionada con el consumo de tabaco: en alrededor del 90 % de los casos los enfermos son fumadores o lo fueron en el pasado. Existe una relación dosis-respuesta, es decir que el riesgo de contraer un tumor maligno pulmonar es mayor cuanto más cantidad de cigarrillos se fuma. También agrega riesgo la duración del hábito, por lo tanto son más proclives los adultos que fumaron desde que eran adolescentes. El riesgo vuelve a ser igual al de los no fumadores luego de transcurridos más de 10 años de haber abandonado el hábito.

Por Carlos Horacio Spector

Nuestra América debería avergonzarse por haber obsequiado a la Humanidad con el nefasto presente del tabaco. De esa planta hicieron mención Cristóbal Colón y otros navegantes españoles en sus respectivos diarios de viaje. En estas tierras se fumaba con habitualidad, aunque también se aspiraba por la nariz un producto resultante de la molienda de las hojas, las cuales cuando estaban todavía verdes a veces se las masticaba. Tanto en la época precolombina como después del descubrimiento, se atribuyó al tabaco poderes mágicos, se lo ofrendaba a los dioses y se lo compartía en pipa para demostrar intenciones de paz entre rivales o enemigos. Después, el tabaco fue procesado, empaquetado para regalo y promocionado con palabras halagüeñas e imágenes tentadoras. Hombres y mujeres subyugados por igual, creyeron tener placer en aspirar el tabaco quemado e hicieron lo que nunca debieron haber hecho: lo fumaron con fruición. Ya cuando percibieron el daño, que habían subestimado antes a sabiendas de lo que les iba a suceder, quisieron volver atrás y pocos en verdad lo lograron.

No bien llegó a Europa se difundió rapidamente porque se le asignaron supuestas propiedades narcóticas, eméticas, antiparasitarias e insecticidas. También se lo empleó en remedios preparados en las formas mas extrañas, ya sea para curar heridas, úlceras cancerosas, chancros o sarnas rebeldes. Se lo utilizó incorporado a ungüentos, emplastos, inhalaciones, enemas y jarabes, o bien se aplicaron las hojas sobre la piel sana para aliviar a las embarazadas los dolores del parto.

Tabaquismo

Se denomina tabaquismo a la intoxicación crónica producida por el abuso del tabaco y se sustenta sobre la adicción o dependencia. Ambos términos significan lo mismo, sólo que el último tiene una connotación menos peyorativa. Es un trastorno conductual en que está reducido el control sobre el empleo de determinada sustancia, en nuestro caso el tabaco. Es una dependencia física y psicológica con tendencia al empleo repetitivo, a pesar de que la persona afectada conozca con detalle los efectos perjudiciales a los que se expone y los riesgos potenciales para su salud, aun cuando simule creer que por alguna razón que ignora, goza de una privilegiada inmunidad que no les tocó en gracia a otros fumadores. Requiere del uso repetido y frecuente, de que el consumo sea excesivo es decir por encima de las posibilidades de que la persona pueda limitarlo por su voluntad, y de que el hábito de fumar sea compulsivo aunque no siempre provoque placer o sensaciones agradables. De no cumplirse con esta compulsión se desencadena un cuadro denominado síndrome de abstinencia caracterizado por gran irritabilidad, malestar físico y falta de concentración. Para que se produzca la adicción, se requiere la existencia de incentivos. Algunos son exteriores, como la asociación con objetos, actitudes, gestos, personas, el momento de la sobremesa, el conducir un automóvil o cualquier otra situación objetiva que también pueda detectar un observador ajeno que percibe la reiterada coincidencia entre encender un cigarrillo y ese estímulo. Otros son interiores, como tristeza, angustia, hostilidad, cansancio extremo o un trastorno indefinido del ánimo. Estos estados subjetivos a veces generan dificultades de interpretación, porque se pierde la noción de si en verdad provocan la necesidad de fumar y en tal caso se comportarían como predisponentes, o si por el contrario son la consecuencia de que ha trascurrido un tiempo relativamente prolongado desde el último cigarrillo consumido. En estas últimas circunstancias, el próximo cigarrillo se percibe como el remedio para aliviar la desesperación por fumar, y es lo que suele ocurrir con los fumadores que ya encienden uno al despertar.

La historia natural del hábito comienza por la etapa conocida como iniciación, por lo general a edad adolescente. Se dice que al principio es el solo hecho de pensar en encender un cigarrillo. Un reciente estudio sueco demostró que un buen desempeño escolar, el tener una familia biparental, la participación en actividades físicas y deportivas, y una buena autoestima, se asocian negativamente con el consumo del tabaco en adolescentes. Continúa con la etapa de pasar al hecho, con lo cual la persona ya pertenece a la categoría de experimentador ocasional. El paso siguiente es el período de mantenimiento, que consiste en el uso continuo favorecido por la sensación de que el hábito presta ciertas utilidades que, si bien varían con cada fumador, casi siempre se encuentran en la esfera psicosocial y ocasionalmente se les atribuye entre otras ventajas, la de quitar el apetito de los obesos o ayudar a movilizar secreciones a los enfermos de los bronquios. Si bien el entorno social tiene una influencia determinante, estudios más recientes asignan también importancia a factores genéticos y hereditarios como favorecedores de la dependencia a la nicotina.

Hay humo en tus bronquios

Este alcaloide responsable de la adicción es sólo uno más de los cuatro mil componentes del humo del tabaco. Ese humo contiene numerosas sustancias nocivas para el organismo humano y de los animales de experimentación en quienes se las ha ensayado, entre ellas amoníaco, benzopireno, cianuro de hidrógeno, dióxido de carbono, monóxido de carbono, alcohol metílico, ácido clorhídrico, aldehídos, arsénico, polonio radioactivo y restos de plomo. Los efectos deletéreos que estos productos generan son muchos, por ejemplo un aumento del nivel de monóxido de carbono en la sangre y reducción de la cantidad de oxígeno disponible para el cerebro y otros órganos, menopausia prematura y mayor riesgo de osteoporosis en mujeres de edad avanzada, riesgo incrementado de abortos, muerte súbita del bebé y poco peso al nacer en bebés de madres fumadoras, daño a los bronquios y aumento de riesgo de cáncer de pulmón y enfisema, además de una mayor probabilidad de padecer enfermedades de las arterias coronarias y periféricas y de que se produzcan cánceres laríngeos, orofaríngeos, esofágicos y vesicales. Como consecuencia de la combustión del tabaco se forman compuestos llamados “radicales libres” que se combinan con los tejidos con los que toman contacto, produciéndoles trastornos de su estructura y función. Alrededor de 40 sustancias distintas tienen potencial capacidad para generar tumores malignos. Ello se comprueba exponiendo a animales de experimentación a dosis elevadas de aquellas.

Cuanto mayor es el número de cigarrillos y más prolongado el tiempo que la persona ha fumado, tanto mayor es el daño para su salud. Los cigarros y la pipa son tan perjudiciales como el cigarrillo aunque los perjuicios no son idénticos. Se denomina alquitrán al producto del humo que queda retenido en un filtro. Cada cigarrillo contiene entre 0,8 y 3 mg de nicotina, entre 7 y 20 mg de alquitrán, y produce alrededor de 80 cm3 de monóxido de carbono; esta última sustancia disminuye significativamente la capacidad de la hemoglobina circulante para transportar el oxígeno difundido desde los alvéolos pulmonares.

La nicotina produce aumento en el sistema nervioso central de otra sustancia denominada dopamina, una de cuyas propiedades es la de activar circuitos nerviosos cerebrales vinculados con las sensaciones placenteras. Otro efecto de la nicotina es la liberación por la glándula suprarrenal de adrenalina, la cual es responsable del aumento de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca, así como de un bloqueo de la liberación de insulina pancreática y su consecuencia, que es el incremento de la glucosa sanguínea. Cuando la nicotina es inhalada como integrante del humo del tabaco, debido a la dispersión en partículas muy pequeñas que se difunden en la gran extensión de los alvéolos pulmonares, se absorbe con rapidez, a mayor verlocidad aun que por la via endovenosa, tanto que al cabo de los 10 segundos ya se encuentra en contacto con el tejido cerebral. El efecto dura unos minutos, luego de los cuales el fumador debe volver a consumir tabaco para evitar el cuadro de abstinencia. Desde luego las variaciones entre las personas no solamente dependen del organismo de cada una sino también de la manufactura del cigarrillo. Está comprobado que las marcas con menos nicotina provocan inhalaciones más profundas y frecuentes.

Se denomina umbral de adicción al mínimo consumo de tabaco que condiciona la dependencia. Está relacionado con el número de cigarrillos fumados, pero especialmente con su contenido de nicotina. Además hay variaciones individuales. A los efectos de poder establecer una medida más precisa, se puede detectar la presencia de un producto del metabolismo del alcaloide llamado cotinina y calcular su concentración. El umbral de adicción se ha establecido entre los 50 y los 60 ng/ml de sangre. En un fumador habitual de 20 cigarrillos diarios, se detectan 300 ng/ml en promedio.

La mayoría de los cánceres de pulmón está relacionada con el consumo de tabaco, a pesar de lo cual la enfermedad también ocurre en pocas personas que nunca han fumado. En efecto, en alrededor del 90 % de los casos los enfermos son fumadores o lo fueron en el pasado. Tiene más relación con la variedad epidermoide, menos con el adenocarcinoma y no puede establecerse con certeza si el tabaquismo influye en la incidencia de carcinoma indiferenciado a pequeñas células. Existe una relación dosis-respuesta, es decir que el riesgo de contraer un tumor maligno pulmonar es mayor cuanto más cantidad de cigarrillos se fuma, lo cual suele expresarse a través del índice paquetes-año (número de cigarrillos diarios x años de consumo/20). Se ha demostrado que las inhalaciones profundas del humo y la mayor cantidad de pitadas son factores que favorecen la aparición de un cáncer, debido sobre todo a que la última parte del cigarrillo es la que cointiene mayor cantidad de sustrancias nocivas. También agrega riesgo la duración del hábito, por lo tanto son más proclives los adultos que fumaron desde que eran adolescentes. El riesgo vuelve a ser igual al de los no fumadores luego de trascurridos más de 10 años de haber abandonado el hábito. Es de interés hacer notar que grupos de personas como los mormones y los adventistas del séptimo día, que se abstienen de fumar por precepto religioso, tienen tasas de cáncer de pulmón mucho menores que la población de fumadores habituales.

Cáncer de pulmón

Si se analizan los tejidos bronquiales de los fumadores, se observan modificaciones en la mucosa de revestimiento caracterizada por un cambio en las células normales que se transforman en escamosas. Este proceso se denomina metaplasia y es un estado preneoplásico. En uno o varios sitios, esta alteración puede progresar a carcinoma in situ, que significa tejido tumoral maligno todavía limitado por la membrana basal, estructura que separa el epitelio del resto de los tejidos del bronquio. Por razones que todavía se ignoran, muchos carcinomas in situ permanecen en estas condiciones sin penetrar ni expandirse, en cambio alguno puede progresar transformándose en carcinoma invasor, que es el cáncer de pulmón típico. Algunas de las alteraciones que se encuentran en las lesiones preneoplásicas incluyen hiperproliferación y pérdida del control del ciclo celular (crecimiento y muerte programada o apoptosis), anormalidades en la proteina p53 y en varios genes, aumento de los vasos de neoformación destinados a aportar nutrimentos a la neoplasia, alteraciones en la matriz extracelular o tejido de sostén del tumor y disminución del ácido retinoico. Se puede especular que este tumor se originó a partir de una sola célula, la cual al cabo de numerosas reproducciones conformó un volumen tumoral ostensible a la vista. Es posible que en el curso de la evolución un grupo celular sufra algún tipo de mutación que le permita adquirir capacidad para que elementos celulares se desprendan y originen colonias distantes denominadas metástasis. A partir de entonces, ya no es una patología limitada al órgano en el cual tuvo su origen, sino que es una enfermedad generalizada o sistémica, de mucho peor pronóstico y pocas probabilidades de poderse curar.

Angel H. Roffo, nacido en 1882 fue un gran fumador hasta 1919 en que abandonó la adicción luego de convencerse de la relación entre tabaco y cáncer. Esta figura célebre de nuestra medicina dedicó muchos esfuerzos a divulgar sus conocimientos y alertar a la población sobre los riesgos del tabaquismo. En 1941 escribió: “La Humanidad marcha actualmente por un derrotero que ha de llevarla a un precipicio, lo que equivale a ir contra la especie misma”.

•Miembro de la Academia Argentina de Cirugía. En el Instituto de Oncología “Angel H. Roffo” es el Jefe de Cirugía Torácica y se encuentra a cargo de la Dirección del Area Quirúrgica. Ha sido Presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía Torácica y de la Asociación Sudamericana de Cirugía Torácica. La Sociedad de Cirujanos de Chile lo designó su Miembro Honorario, y la Sociedad Peruana Cancerología su Miembro Correspondiente. Es Director de la Carrera de Especialistas en Cirugía Torácica de la UBA.

Nuevo número de Encrucijadas: ADICCIONES. ¡QUIERO MÁS!

El número 44 de la revista Encrucijadas ya se encuentra a la venta en todos los kioscos de la Capital. En esta oportunidad se aborda el tema de las adicciones en sus más variados aspectos, diferenciando los diferentes tipos de drogas: las llamadas “drogas duras”, es decir, las ilegales: opiáceos, cocaína, marihuana, éxtasis, paco, etcétera; y las de uso legal, aunque no menos dañinas como el alcohol, el tabaco, y la cada vez más frecuente la autoprescripción de medicamentos.

Además de las sustancias psicoactivas en la revista también se analizan las adicciones hacia determinadas prácticas -la más conocida: los juegos de azar-, muchas veces consideradas inocuas, -como los videojuegos o el “estar conectado” a la Internet-, o incluso beneficiosas -como el deporte o la actividad laboral-.

Esta amplia, interesante e insoslayable temática es abordada, como es habitual en Encrucijadas, por especialistas de la Universidad de Buenos Aires desde sus diversas disciplinas.

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